Tal como se venía prediciendo, El Artista fue la película que se llevó los premios más importantes de la noche, y el reconocimiento que hubo hacia La invención de Hugo Cabret terminó siendo una suerte de premio consuelo para Martin Scorsese.

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Por Carla González

N ostalgia por la época dorada y un homenaje del cine a su propia historia. A estas alturas, no es novedad que la 84ª edición de los premios Oscar, que entrega cada año la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, transitó los caminos del pasado y que la ceremonia estuvo diseñada al milímetro para que los nostálgicos sintieran esa mezcla de calidez y emoción que proponen películas como El artista y La invención de Hugo Cabret. Porque el domingo quedó marcado a fuego el triunfo del equipo francés por sobre la obra del maestro Martin Scorsese, e incluso de Historias cruzadas, que había crecido en los últimos días gracias al impulso de los premios anteriores.

Tal como se esperaba, El Artista se llevó los premios más importantes de la velada.

Todo estuvo dado para esa nostalgia: desde la escenografía, que reprodujo la entrada de un antiguo cine de los primeros años del siglo XX; las cigarreras vestidas de azul, que pasaban repartiendo pochoclo a los glamorosos asistentes a la fiesta –esos “millonarios vestidos de gala que entregan premios a otros millonarios”, como los definió con gracia el anfitrión, Billy Crystal- y el único número en vivo de la noche, el show que el Cirque du Soleil preparó con 50 artistas de diferentes países y que bautizó, sencillamente, Let’s Go to The Movies (Vayamos al cine), con claras intenciones de incentivar una actividad que, Netflix e Internet mediante, parece haber perdido parte de su magia, al menos para las audiencias más jóvenes, a las que esta ceremonia siempre ha sido tan esquiva en captar. Cabe apuntar que el Circo del Sol, residente permanente del ex Teatro Kodak, tuvo que desalojar la sala hace dos meses para dar lugar a la preparación del megaevento de la industria de Hollywood.

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