Guardavidas que trabajan en la zona del drama.Tras la muerte del chico sirio, Nicolás y Fiorella cuidan que las personas que huyen y naufragan no mueran ahogadas.

El miércoles pasado, 300 refugiados trataban de llegar en una antigua embarcación de madera a la costa de la Isla griega de Lesbos. Había una tormenta feroz y el piso de arriba, podrido, colapsó y aplastó a los que venían abajo. Sólo basta imaginar el resto: el mar Egeo deglutiéndose al barco de un bocado y 300 personas cayendo al mar y comprendiendo, en ese mismo instante, que los chalecos que les habían dado los traficantes no flotaban. Pero ahí mismo estaba Nicolás Migueiz Montán, un guardavidas argentino de 34 años que decidió viajar, junto a otros voluntarios, para tratar de salvar las vidas de los miles de refugiados que cada día intentan llegar a Europa. Ayer, una foto suya rescatando a un bebé de las fauces del Egeo, dio la vuelta al mundo.
Nicolás es de Zelaya, partido de Pilar, pero desde hace unos 7 años vive en Barcelona con unos amigos, donde trabaja como guardavidas. Hace dos meses, cuando la foto de Aylan Kurdi –el chico sirio de 3 años ahogado en una playa de Turquía– dio la vuelta al mundo, los voluntarios de la ONG “Proactiva Open Arms” entendieron que con la conmoción y el estupor no bastaba: veían por televisión que allá había médicos atendiendo a los que llegaban vivos a la costa pero nadie se metía en el mar a tratar de sacar a los que naufragaban, o a los que se tiraban al mar creyendo que podían nadar y morían 100 o 200 metros antes de llegar.
Viajaron tres socorristas españoles; también Nicolás –que se convirtió en coordinador del equipo–, otra argentina llamada Fiorella Crotti (28) y un rescatista uruguayo. “Pude comunicarme con él. Me dijo que la situación es dramática, que le angustia mucho saber que toda esa gente está escapando de la muerte y que muchos igual, mueren en el mar. Y si logran sobrevivir no tienen a dónde ir, sólo a un campo de refugiados”, contó Luciana Migueiz, su hermana, a Clarín.
Que la situación es dramática no es una forma de decir: el día en que naufragó el barco con los 300 refugiados a bordo, el capitán pidió ayuda a otros traficantes y desapareció justo cuando el barco empezaba a hundirse: “Los voluntarios se jugaron la vida en ese rescate porque la gente, desesperada, les tiraba de las piernas y los hundían. Fue durísimo tener que elegir a quién salvar y a quién no, porque la prioridad son los niños y las mujeres”, contó ayer a Clarín Laura, otra voluntaria de la ONG, desde Barcelona.
Eran 300 personas ahogándose y sólo 6 voluntarios que tuvieron que repartirse las tareas: algunos sacaban a la gente del agua con ayuda de pescadores –mientras veían, por ejemplo, a un padre hundirse porque todos sus hijos se trepaban a él para salvarse–; otros hacían tareas de reanimación a los que rescataban. Salvaron a 242 personas.
Es que el destino de los refugiados no cambió demasiado después de la foto de Aylan. A esos 17 kilómetros de costa, llegan unas 20 embarcaciones por día: eso, en condiciones de hacinamiento, equivale a unos 1.000 refugiados diarios. Y las condiciones climáticas empeoraron: ahora hace mucho frío y el viento provoca un gran oleaje que convierte a las barcas en barquitos de papel. Además, los motores se rompen y quedan a la deriva en la oscuridad. Por eso, Nicolás y sus colegas se paran cada día en puntos altos de la isla con sus binoculares para verlos llegar. En cuanto ven que algo anda mal, se lanzan a rescatarlos. El mal clima, además, aumentó la cantidad de intentos por cruzar: “Es que los traficantes les cobran 2.000 euros para cruzar de Turquía a Lesbos (es un viaje que cuesta 15 euros) y cuando hay mal tiempo les hacen rebajas del 50%”, contó Laura, desde Barcelona.
Desde España, viendo que eran los únicos voluntarios en la zona, lanzaron una campaña de financiamiento colectivo y con el dinero que juntaron pudieron llevar dos motos de agua para no tener que seguir metiéndose en la oscuridad equipados con patas de rana y un tubo de oxígeno. Nicolás decidió quedarse. Anoche, lo último que le dijo a su hermana fue: “No podemos mirar para otro lado, tenemos que estar donde nos necesitan”.

Fuente: Clarin