Aymeric Chauprade, doctor en Ciencias Políticas de La Sorbonne, advierte sobre una vuelta al «Islam arcaico» y a una «no aparente recolonización» de la región. El geopolítico francés analizó las revoluciones de 2011

Por Fernanda Kobelinsky | fkobelinsky@infobae.com

«Las monarquías han sido menos golpeadas por las revoluciones. Hasta el momento, sólo en los Estados seculares se han tumbado Gobiernos. Es que la legitimidad de los presidentes árabes es débil frente a los reyes locales por una sencilla razón: la religión», afirmó Chauprade en su disertación «Cambios en el mundo islámico y el significado de la primavera árabe», conferencia organizada por la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador, en Buenos Aires.

El geopolítico francés explica este fenómeno por la división entre política y religión que los Estados autoritarios como Túnez, Egipto o Siria imponían. Éstos son ejemplos del nacionalismo árabe en declive. Según explicó, esta corriente se reconoce primero étnicamente y después como islámicos. La concepción supone el intento por importar la modernización occidental secular, pero a través del autoritarismo.

Sin embargo, fracasan por varias razones. Más allá del naufragio en la cuestión palestina, motor de la corriente, Chauprade identifica la corrupción como uno de los factores que echan por tierra el proyecto. «En el nacionalismo árabe, el ascenso social quedó bloqueado por una casta hereditaria, mientras que el Islam político -otras de las grandes corrientes que desarrolla- trabaja en la base social».

De esta forma, analiza el triunfo de los partidos religiosos en las elecciones post primavera árabe en Túnez o Egipto. «Hace no más de 10 años, en el sur del Líbano, hasta los cristianos decían que Hezbollah era bueno, por sus ayudas en materia de justicia social», graficó. Y agregó: «El mundo árabe es básicamente islámico, porque la legitimidad política no se define como en las sociedades occidentales. Uno de los problemas de estos Estados es que no lograron clausurar la legitimidad de la religión».

Para Chauprade, las revoluciones sorprendieron a los analistas políticos occidentales, porque, en especial en Europa, existe un doble desconcierto sobre la región. «Confundieron el crecimiento económico con la estabilidad política. Además, tomaron sus deseos como realidades: pensaron que porque Túnez o Egipto eran aliados de los Estados Unidos, eso significaba estabilidad».

Sobre el futuro de la región, el geopolítico francés vaticina que Túnez y Egipto mantendrán su unidad y, eventualmente, lograrán estabilidad -«aun cuando en Egipto el 10% de los coptos se sientan cada vez más amenazados»-. Sin embargo, en Libia, Yemen, Bahrein y Siria, la situación es distinta. Según afirmó, «no se puede reducir el análisis a la contraposición de un dictador con su pueblo».

Chauprade insiste con que los escenarios son complejos. «En Libia hay un juego extremadamente complicado entre tribus. Muammar Khadafi logró una alianza con una de las tribus más importantes, pero lo que subyacía era una guerra civil preexistente entre este y oeste». «En Siria -sigue el geopolítico- la represión es tan dura porque si el régimen colapsa se teme la venganza islamista».

Sobre el caso sirio, resaltó el papel de Rusia como freno para la caída de los Al Assad. «Moscú decidió que no abandonará a su aliado confiable, ya que si cae, el próximo en colapsar será Irán. Y ése es el objetivo final», afirmó. Además, detalló la importancia de nuevos factores internacionales: «Hay intereses que van más allá de los debates por la democracia. Por ejemplo, el gas y el petróleo».

Chauprade apuntó que la región experimenta una total desintegración de los Estados árabes que serán reemplazados por pequeñas comunidades: «En Irak ya no se vota entre derecha e izquierda, sino entre sunnitas y chiítas; en Libia se votará por tribus; en Siria, entre alawitas, sunnitas y cristianos». «Nada mejor para los Estados Unidos que ser los controladores de este nuevo juego y así neutralizar el poder árabe», concluyó.

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