Si bien cuentan con una ventaja genética, el particular consumo de calorías y proteínas los ayuda a alcanzar rendimientos extraordinarios a la hora de la competencia

Las facultades naturales de los organismos optimizan a los atletas para resistir ante los esfuerzos extremos. Pero los alimentos que consumen son el principal combustible para entrenar y competir en la máxima exigencia olímpica.

Un desayuno fuerte, un almuerzo con muchas calorías y una cena enérgica ayudan a los mejores del mundo a potenciar sus rendimientos después de una intensa jornada diaria de entrenamiento.

El máximo ganador olímpico, Michael Phelps, es un amante de los hidratos de carbono. Consume hasta 12.000 calorías por día, producto de tres sándwiches de huevo frito recargado por la mañana, panqueques, un kilo de pastas entre almuerzo y cena, tortillas, jamón, queso y pizza. Las quema a base de entrenar los 365 días del año.

Usain Bolt, el más veloz del mundo, consume la mitad que Phelps y dedica menor tiempo al entrenamiento, ya que por las noches se divierte. Su dieta se rige de batatas oriundas de su ciudad natal, Trelawny, con alcaloides y esteroides naturales que favorecen su rendimiento. Carne, pollo y pescado nunca faltan en su mesa y las hamburguesas son su perdición.

Wang Junxia, maratonista china, consume sopa de tortuga y gusanos para fortalecer sus huesos. Los tailandeses optan por el arroz con insectos del tipo de las cucarachas, por sus vitaminas y minerales. Y el comité de Kazajistán tiene una dieta abundante en carne de caballo.

Michael Arnstein, maratonista estadounidense, come únicamente frutas y verduras crudas ocho veces al día. Y el gimnasta norteamericano Jonathan Horton consume medio kilo de miel por día.

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