El premier israelí pretendía dividir barrios judíos y árabes con bloques de hormigón. Debido a las críticas internas y opositoras dio marcha atrás.

Presionado desde varios flancos, el premier israelí Benjamin Netanyahu debió dar marcha atrás a su plan de levantar muros en Jerusalén Este para separar barrios judíos y palestinos, como contención a la ola de violencia con más de 30 ataques callejeros a cuchillazos recibidos por israelíes. El repliegue se produjo ayer luego de que sectores más radicales de la derecha de su partido y organizaciones no gubernamentales criticaran la medida.

La intención era, por ejemplo, cerrar el barrio árabe de Isawiya, convirtiéndolo en un enclave de facto. Una parte del plan era levantar una valla de 1,5 kilómetros de largo y nueve metros de alto con un costo de 5,2 millones de dólares. Otra parte del barrio, con cerca de 20.000 habitantes, iba a ser acordonada con bloques de hormigón. También en el barrio palestino de Jabal Mukaber, de donde proceden varios adolescentes que protagonizaron los ataques, ya habían puesto en fila 300 metros de esas losas hormigonadas. El plan intentaba contener la ola de ataques iniciada el 3 de octubre, que ya dejó ocho israelíes y 43 palestinos muertos.

La prensa de Tel Aviv sostiene que la marcha atrás del jefe de gobierno fue por las fuertes presiones de los ministros más nacionalistas de su Gobierno, entre ellos los de Educación, Neftali Bennett; de Transporte, Israel Katz; y de Inmigración, Zeev Elkin. Los tres se quejaron ante Netanyahu durante la reunión ayer del Consejo de Ministros, en la que se abordó el cierre de los barrios palestinos de la ciudad con retenes en carreteras y, en los casos de Isawiya y Yabel Mukaber, también con paredes prefabricadas.

Su rechazo se apoya en argumentos religiosos y políticos. Para la derecha israelí, no hay mucho lugar al debate: Jerusalén es la capital “unida e indivisible” del pueblo judío, a pesar de que es una concepción que no es aceptada internacionalmente y que choca con el reclamo palestino de levantar la capital de su Estado en la parte oriental de la ciudad. Es inaceptable para ellos que sea un premier judío el que divida la ciudad.

“No la vamos a dividir más de lo que hacen en cualquier sitio europeo o de EE.UU. cuando hay toque de queda en un barrio”, intentó sostener Netanyahu antes de frenar su plan. “Cerrar algunos barrios no significa que renunciemos a la soberanía”, dijo el ministro de Infraestructuras, Yuval Steinitz. “Algunos piensan que se trata de dividir Jerusalén, nada más lejos de eso”, desmintió. Sin embargo, para muchos eso es precisamente lo que estuvo encima de la mesa.

La izquierda marcó el repliegue como una evidencia de las contradicciones de la derecha. “Con esta decisión, (el Gobierno) se ha metido un gol en contra”, dijo Meir Margalit, activista de izquierda que defiende “una ciudad sin murallas pero políticamente separada”: la parte este como capital del Estado palestino y la oeste como capital de Israel. “Precisamente la derecha, que no deja de hablar de la unidad, es quien ha dividido la ciudad y demuestra que el modelo unificado se hundió. La decisión (de imponer controles y cercos) demuestra que Jerusalén Oriental está más cerca de Cisjordania que de Israel”, sostiene y luego argumenta que “ya empezó a dividirse de hecho” con la construcción del muro en 2002, que partió barrios árabes en dos.

Los ordenados y arbolados barrios de Rehavia o la Moshavá Haguermanit, en el oeste, la parte judía, tienen poco o nada que ver con lugares como Isawiya o Yabel Mukaber, en la palestina. No se trata sólo de diferencias físicas, la apariencia o la sensación de encontrarte en Oriente u Occidente en uno y otro lado, sino que en cada parte rigen reglas no escritas, que no tienen vigor en el otro lado: tienen canales de televisión diferentes, escuchan música distinta, visten de otra forma, profesan otra religión. En un lado se oye la llamada del muecín cinco veces al día o las campanas de las iglesias y, en el otro, las sirenas de los viernes marcando el inicio del Shabat.

Celebran festividades diversas, compran productos distintos, incluso los precios difieren y hay servicios que únicamente pueden encontrarse en uno o en otro lado. Pero, sobre todo, sus poblaciones apenas se hablan ni se mezclan, muchos coinciden solo por motivos laborales, cada uno tiene su gastronomía típica, en general no comparten ocio y la mayoría ni siquiera hablan el mismo idioma: muchos palestinos, sobre todo mayores, no han aprendido hebreo y la inmensa mayoría de israelíes no habla árabe.

Fuente: Clarin