En las redes sociales de Internet van a quedar por un tiempo los pedidos de sangre que, por una enfermedad crónica, se hacían en los últimos tiempos con intención de remontar la salud maltrecha de la que nunca se quejó.

Finalmente, ayer, cerca de las 16 horas, en el Sanatorio de la Providencia, murió Alberto Segado, un actor sobre el que recaía la pertenencia a lugares tocados por cierta épica: el Instituto Di Tella en los ’60, el elenco estable del teatro San Martín, una temporada como actor invitado en el Actor´s Studio y el Instituto Strassberg de Nueva York.

En su curriculum no figuraba, de reservado que era, su fecha de nacimiento, que casi nadie sabía. Hay quienes lo recordarán por la ópera Mahagonny de Brecht-Waill, dirigida por Jaime Kogan, que se presentó en el Luna Park y el teatro Colón, en 1988; o por la intensidad de Los siameses de Griselda Gambaro, en 1986, que protagonizó en el Cervantes y por el que se ganó el María Guerrero y el Moliére como el mejor actor del año. Le escapaba al estrés de la televisión, donde supo lucirse en unitarios de Alejandro Doria, y formó parte de los elencos de Compromiso y Situación límite, pero le gustaba el cine: filmó más de veinte películas desde Kuma Ching, un emprendimiento de 1969.

En sólo dos años claudicó el mandato familiar de ser un estudiante serio de alguna carrera seria. Pasó ese tiempo en la Facultad de Medicina hasta que se encontró dando exámenes y repitiendo terminología ajena que le consumía la memoria que quería invertir en los clásicos. Entonces, en el teatro Municipal de Morón realizó los primeros movimientos en busca de su vocación. Hijo de ferroviarios, de ahí provenía buena parte de su justificado encono con el gobierno del actual senador nacional Carlos Saúl Ménem, uno de los pocos personajes que lo sacaban de su general estado de centramiento. En la década del ’90, solía aparecer por las redacciones de los diarios con algunos textos que enhebraba en el bar Congreso Plaza, de Saénz Peña e Hipólito Yrigoyen, del barrio de Congreso, su lugar en el mundo. Cuando era poco vistoso meterse en territorios políticos y existía una tendencia a mirar hacia otro lado, Segado aparecía con su escritura urgente, con ganas de dejar precedente de que se rifaba el país.

Serio y reconcentrado, bromeaba con la paradoja de que había nacido en la calle Alegría. Alegría 510, en Haedo, para ser más exactos. La zona del Congreso y sus caminatas al teatro San Martín, donde formó parte del elenco estable y partició de casi treinta puestas. Del elenco estable -donde protagonizó textos de Discépolo, Molière, Bernard Shaw, Chéjov y Tirso de Molina- se retiró por su cuenta, sin pleitos, en el año 1984. Se fue después de hacer María Estuardo.

Había regresado la democracia y lo llamaban de todos lados: fueron meses muy productivos para Mario Segado.

Ese año había protagonizado El campo de Griselda Gambaro en el Cervantes, con dirección de Alberto Ure, y también participó de Primaveras, de Aída Bortnik, como actor invitado. También había participado del rodaje de Asesinato en el Senado de la Nación, junto a Pepe Soriano.

Entonces, armó las valijas y se pagó una deuda: un año sabático en París. Marchó con un ideal: una bohardilla parisina y escribir. «Sólo conseguí la bohardilla», bromeaba a su regreso. Aprovechó el tiempo de todas maneras y conoció a todos los grandes: Peter Brook, Bergman y Kantor.

Tenía una lista precisa de gente a los que agradecer su formación. «Oscar Fessler me introdujo en un encuadre de lo que es el trabajo de actor, Juan Carlos Gené me dio las herramientas, no sólo en la formación instrumental sino en la ética. Jaime Kogan me brindó los elementos para que armara mi propio perfil ideológico y en los ’80, Augusto Fernandes me iluminó otra dimensión del actor», le decía, en una de sus últimas entrevistas, a Silvina Lamazares, en su mesa del bar de Congreso, donde los mozos sabían que por la mañana no debía sentarse otra persona.

Para quienes se perdieron de verlo en escena, ahí están sus labores en cine: Plata dulce, de Fernando Ayala; Gracias por el fuego, de Sergio Renán o Esperame mucho, de Juan José Jusid. Lo velaban, desde anoche, en Casa Zuucotti, Thames 1160.

Fuente: Clarín

Por Leo

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